domingo, 17 de noviembre de 2019

Canaima: El paraíso envenenado por el oro

A tan solo 23 kilómetros del famoso Salto Ángel, la caída de agua más alta del planeta que inspiró a la película Up, hay al menos una veintena de balsas mineras y un yacimiento de oro a cielo abierto a donde acuden a diario cientos de indígenas a trabajar.

Tras un recorrido aéreo y más de 30 horas de navegación fluvial, Runrun.es comprobó en directo cómo trabajan los mineros del Parque Nacional Canaima, un territorio que la Unesco declaró Patrimonio Mundial de la Humanidad y que desde el año pasado está en “alerta naranja” como consecuencia del extractivismo y su acción devastadora en el ambiente y sus pobladores.

En Canaima, los yacimientos son controlados por sus propios habitantes originarios: los pemones, quienes empujados por el desplome del turismo se han dedicado a la minería ilegal para subsistir.

El oro extraído de este paisaje milenario sale a bordo de avionetas turísticas, cuyo propietario es un empresario local a quien el Ministerio Público venezolano señala como miembro de una red de contrabandistas que traslada el mineral desde Venezuela hasta islas del Caribe.

Ese mismo personaje está vinculado a una posada de lujo dentro del parque en donde, según los pemones, se fraguó el ataque armado ordenado por Nicolás Maduro del 8 de diciembre de 2018 "para acabar con la minería", un hecho que cambió por completo a Canaima y sus habitantes.

La extracción de oro en Canaima cuenta con el aval de organizaciones indígenas que, de acuerdo con fuentes consultadas, surgió en el último lustro para organizar la actividad minera.

La minería trae consigo la contaminación con mercurio de las aguas, fauna y población indígena, además de la deforestación de la selva y sedimentación del río Carrao, un afluente del ya contaminado río Caroní que desemboca en el Embalse de Guri, donde se genera 85% de la electricidad de un país que atraviesa una grave emergencia de energía.

Una noche entre las minas
Los indígenas extraen el oro en la oscuridad

Un inesperado golpe sacó de su cauce a la curiara que de noche surcaba el río Carrao, en las riberas del Auyantepui, en pleno corazón del Parque Nacional Canaima, al sur de Venezuela. Por la rotunda oscuridad, ninguno de sus tripulantes pudo advertir contra qué chocó la angosta embarcación hasta casi hacerla naufragar. Salvo el “motorista” y “el proero” de la barca, veteranos indígenas de la etnia pemón, nadie supo en un primer momento cuál había sido el obstáculo: un artificial montículo de arena, de los que abundan en el río desde que se multiplicaron los buscadores de oro bajo sus aguas oscuras.

En la penumbra, unas luces que se apagaron por completo tras el ronroneo del motor forastero anunciaban la proximidad de las minas a cielo abierto y aguas adentro que abundan en el sector Arenal del río Carrao. Al desembarcar, el campamento tradicionalmente destinado a los turistas estaba a oscuras y ocupado por mujeres indígenas, quienes son las encargadas de preparar la comida y lavar la ropa a los mineros de los alrededores. Con prisa, abandonaron el lugar apenas llegaron los visitantes, para quienes  fue imperativo encapsularse en chinchorros con mosquiteros después de cenar y así evitar el contagio de la malaria, uno de los males endémicos de la explotación aurífera. No sólo el croar de los sapos arrulló el sueño  de los viajeros: también el traqueteo de las máquinas que a lo lejos procesaban el oro extraído de los arenosos fondos del Carrao, frente al impetuoso Wey Tepui o tepui del Sol.

En el sector occidental del P.N Canaima existe el acuerdo entre los pemones, habitantes originarios de esas tierras ancestrales,  de trabajar las minas sólo durante la noche, lejos de la vista de los cada vez menos frecuentes turistas que visitan este reservorio, declarado Patrimonio Natural de la Humanidad por la Unesco en 1994. Pero no hay manera de ocultar la destrucción: a la luz del día, siguen imperturbables los bidones de gasolina en las orillas y las llamadas balsas, embarcaciones techadas que no sirven para navegar sino flotar y extraer el oro con máquinas del lecho del río.

Durante un recorrido fluvial de unas 36 horas en el Parque Nacional Canaima, Runrunes contó 21 balsas activas: una en la desembocadura del río Akanan, cinco a lo largo de las aguas del Carrao y 14 sólo en el sector Arenal, dispuestas sin mayor orden como parte del paisaje milenario. Las embarcaciones no son las únicas  evidencias de minería: también, a lo largo del trayecto, es necesario evitar que la curiara se enrede con los “puntos” que flotan en la superficie, que no son más que boyas hechas con mecates y botellas de plástico que sirven para ubicar una veta dorada próxima a ser explotada.

"Si siguen sacando oro así, el Carrao va a terminar como el Caroní, a la altura del (campamento) Arekuna, que ahora está todo marrón por la cantidad de balsas que hay allí", se lamenta R.C, un veterano operador turístico de Canaima, rotundo crítico de la extracción aurífera, mientras observa contrariado la suave estela que deja la curiara sobre  las aguas color caramelo, color río Carrao, el mismo que otrora tuviera el nacimiento del Caroní, el segundo río más importante de Venezuela, hoy en día revuelto por las minas.

Desde la avioneta, minutos antes de aterrizar en el pequeño aeropuerto de Canaima, es posible advertir los estragos de la minería que carcome los límites, en teoría sagrados, del parque nacional, decretado el 16 de junio de 1962 bajo el gobierno del expresidente venezolano Rómulo Betancourt. En este costado del reino de los tepuyes, esas altiplanicies macizas únicas en el planeta, a la que rodean bosques, sabanas, cursos y saltos de agua, contrastan, cual dentelladas a orillas del río Caroní, los bancos artificiales de arena y lagunas color verde radioactivo que supuran del mercurio utilizado para separar el oro de la arena.

Ni el sagrado Auyantepui se ha librado de la fiebre del oro. La búsqueda de un mítico “río dorado” fue la verdadera razón por la que el piloto norteamericano Jimmy Angel (1899-1956) organizó una expedición con el capitán venezolano Félix Cardona Puig para sobrevolar el tepui en forma de corazón el 21 de mayo de 1937. Ese día, aterrizaron estrepitosamente sobre la cima y tuvieron que volver al campamento base caminando durante 11 días por la selva, una hazaña que alimentó su leyenda.  El aviador nunca encontró minas en Canaima pero en su honor, el Ministerio de Fomento de la época bautizó al icónico salto de Venezuela con su nombre dos años después.

Sin turismo

A orillas del Carrao, un  hombre con el torso desnudo y quijada desafiante  manotea el aire cuando advierte el gesto de los clicks de celulares y cámaras desde las curiaras. Allí nadie quiere fotos, mucho menos preguntas de los pocos  foráneos que se pasean por estas riberas en época de verano, como se identifican a los meses sin lluvia en Venezuela.

En esta zona en particular, la desconfianza de los mineros pemones hacia los extraños pesa como una guaya. Más aún después del asalto de diciembre de 2018 que tuvo lugar en el sector Arenal a cargo de agentes encubiertos de la Dirección General de Contrainteligencia Militar  (Dgcim), en el que asesinaron a un indígena vecino de Canaima y dejaron otros dos heridos. Un evento que produjo una conmoción en toda la comunidad pemona y trascendió hasta el Palacio de Miraflores, sede del gobierno nacional en Caracas.

Que los indígenas pemones, habitantes ancestrales de las tierras donde fue demarcado Canaima, son los que están sacando oro de los ríos y terrenos a cielo abierto es una realidad que muchos prefieren dejar correr. Los que se han atrevido, resultan ignorados o atacados. Tal fue el caso de la  periodista especializada en turismo Valentina Quintero, cuya denuncia sobre la explotación del Campo Carrao en noviembre de 2018 le valió que el Consejo de Caciques Generales, instancia política indígena creada a raíz del auge minero, la declarara "persona non grata".

En una reunión celebrada 4 de junio de 2019, los ministros de Desarrollo Minero Ecológico y de Pueblos Indígenas junto con 15 caciques del municipio Gran Sabana del estado Bolívar, donde se ubica Canaima,  reiteraron que el gobierno protegerá a los parques nacionales de la actividad minera destacando el objetivo del Arco Minero del Orinoco, el megaproyecto de minería que abarca 111.843,70 kilómetros cuadrados, equivalente a 12,2% del territorio nacional. Pero no asomaron que los indígenas también la practican.

Runrunes comprobó in situ que no sólo se practica minería en los linderos de Canaima: también dentro del parque hay balsas dragando oro y una mina a cielo abierto, Campo Carrao, a tan sólo 23 kilómetros del Auyantepui, donde nace el Salto Ángel o Kerepacupai  Vena (su nombre en lengua pemón), la única caída de agua de 1.000 metros, la más alta del planeta.

Un oro extraído de las aguas y suelos del mismísimo paraíso que no solo es canjeado como moneda común dentro del parque, sino que también sería traficado fuera del país como parte de una red de contrabando. En agosto de 2019, el fiscal general designado por la asamblea nacional constituyente, Tarek William Saab, dictó una orden de captura contra un empresario turístico, propietario de posadas de la región, por transportar en las avionetas de su empresa toneladas de metal rumbo a las islas del Caribe.

Este reportaje fue realizado mediante una cobertura encubierta por las riberas del río Carrao y el Auyantepui con el propósito de registrar los procedimientos de una práctica ilegal en una zona declarada Patrimonio Natural de la Humanidad no ajena al crimen organizado. Fue imperativa la protección de la identidad de los involucrados consultados.

Como parte del trabajo de campo en el Parque Nacional Canaima, se realizaron más de 20 entrevistas a biólogos, abogados ambientalistas, indígenas habitantes de las comunidades, operadores de turismo, geólogos, ingenieros de minas y periodistas.  La cobertura en el sitio fue contrastada con el análisis de imágenes satelitales.

Se enviaron solicitudes de entrevista a los representantes de los ministerios de Desarrollo Minero Ecológico, Pueblos Indígenas, Ecosocialismo y Turismo con competencia en el tema de la minería ilegal en parques nacionales de Venezuela.  Hasta el cierre de este esta edición, no se pudo conocer la posición oficial sobre las evidencias de la minería en Canaima.

De empresario de turismo a “oro-traficante”
Avionetas turísticas se llevan el metal precioso del paraíso

La evidencia de cómo se está traficando el oro de Canaima la ventiló el propio gobierno de Nicolás Maduro. El 16 de agosto de 2019, el fiscal general designado por la asamblea nacional constituyente, Tarek William Saab, anunció la orden de captura y de extradición contra César Leonel Dias González, empresario de 47 años de edad vinculado a media docena de empresas turísticas en el estado Bolívar entre las que se encuentra el controversial hotel Ara Merú Lodge, que funciona dentro del parque nacional y que albergó a quienes perpetraron la “Operación Tepuy Protector” el pasado 8 de diciembre de 2018, un ataque ejecutado por la Dirección de Contrainteligencia Militar (DGCIM) que dejó un muerto y dos heridos. Todos pemones.

Para saber qué es Ara Merú Lodge, no hace falta volar hasta Canaima. El que se oferta como un hotel cinco estrellas "en medio de la selva" se exhibe en gigantografías a lo largo de la autopista Francisco Fajardo que atraviesa Caracas. También, sus comerciales saturan los circuitos radiales en un país de economía postrada, donde un trabajador venezolano necesitaría ahorrar 250 salarios mínimos ($6) para pagar los 1.500 dólares promedio que cuesta un fin de semana para dos personas en el parque nacional.

No es la primera vez que Dias González ha sido vinculado con el tráfico de oro. En junio de 2018 fue incluido en la lista de la “Operación Manos de Metal”, anunciada por el exvicepresidente Tareck El Aissami para desmontar  las supuestas mafias que contrabandean material aurífero en el estado Bolívar. El nombre del empresario se encontraba entre las 39 personas con orden de aprehensión por parte del  Ministerio Público, según dijo el fiscal Saab días después.

Un año y dos meses más tarde, Dias volvió a ser identificado por el gobierno como miembro de una red dedicada al tráfico de oro desde Venezuela hacia islas del Caribe como República Dominicana, Aruba, Curazao y Trinidad. Esta vez, se le vinculó a Michel Enrique Jerez Córdoba (piloto privado) y a Roberto Antonio Espejo Machado, etiquetado por el fiscal designado por la anc como el líder de una banda criminal, quien también es buscado por la “Operación Manos de Metal” por los delitos de robo de material estratégico y contrabando agravado.

Por el caso de comercio ilícito de oro en República Dominicana, el  Ministerio Público de Venezuela solicitó el 16 de agosto pasado una orden de captura con fines de extradición contra Dias González, Espejo Camacho y otros seis venezolanos, además de ordenar la incautación de cuatro aeronaves y el bloqueo de instrumentos bancarios.

Pero hasta la fecha, ese pedido de extradición no ha llegado a Santo Domingo, confirmó la Procuraduría General de República Dominicana. Entre ambos países existe un Convenio de Asistencia Mutua en Materia Penal suscrito el 31 de enero de 1997.

En Canaima, trabajadores y habitantes de la comunidad comentaron a Runrun.es que Dias González no se ha dejado ver por los predios del parque nacional desde que Saab anunció la orden de captura y extradición de los traficantes de oro. Confirman que, desde el extranjero, el empresario que suele supervisar directamente el funcionamiento de las empresas locales, se comunica con los empleados de Ara Merú Lodge y Uruyen Camp, ubicado en el valle de Kamarata, para dictar instrucciones.

Tres meses después de la denuncia de la fiscalía, surgió una nueva pista sobre su paradero: el 10 de noviembre, el Tribunal Supremo de Justicia venezolano aprobó la solicitud de extradición ante el Reino de España de Dias González, quien fuera detenido en Madrid el 17 de septiembre pasado por solicitud del gobierno venezolano, un hecho desconocido para la Embajada española en Caracas. El empresario habría escapado de República Dominicana, donde las autoridades detuvieron a tres de sus socios (Jonathan Luciano del Valle Mata Figueroa, Esthela Gómez de Rodríguez y Claudio Alejandro Di Génova Fistarol) cuando pretendían viajar desde la isla caribeña hasta Barcelona, estado Anzoátegui (al noreste venezolano), en un avión privado con $1.378.000 en efectivo producto de la venta de oro.

En Canaima son unánimes las impresiones que se recogen sobre Ara Merú Lodge, cuyo despliegue de proporciones y servicios contrastan con las instalaciones y el diseño de otros campamentos que se compenetran con el paradisíaco entorno natural. Sonrisas ladeadas  o cejas levantadas aparecen ante la pregunta de quién está detrás de esta edificación levantada en tiempo récord, sin estudios de impacto ambiental conocidos ni autorización del Instituto Nacional de Parques, Inparques, adscrito al llamado Ministerio de Ecosocialismo.

También es todo un misterio el origen de su promotor. Poco se sabe de la trayectoria gerencial de César Dias antes de convertirse en el pujante empresario de turismo que inauguró Ara Merú Lodge en 2017. Aterrizó literalmente al sur del estado Bolívar para abrir empresas en un área natural protegida, para lo que se requiere la permiso de Inparques y la alianza con al menos un representante del pueblo pemón, que habita en Canaima desde tiempos ancestrales.

Tampoco se conoce el origen del capital de este emprendedor  de 47 años, quien está registrado en el centro electoral Beatriz de Rodríguez en Ortiz, estado Guárico, el mismo donde vota Michael Enrique Jeréz Córdoba, otro de sus supuestos  socios en la red de contrabando de oro que ventiló el Ministerio Público venezolano.

Runrun.es intentó comunicarse con César Dias para obtener su versión, pero no obtuvo respuesta. ->>Vea más…

Fuente: Con información de Lisseth Boon y Lorena Meléndez - Runrunes - alianza.shorthandstories.com

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